Articulo de Opinión- By Claudia Mateo
El estreno de Michael no solo ha reavivado el interés por la figura de Michael Jackson; también ha puesto, una vez más, en evidencia una tensión que el cine arrastra desde hace años: la distancia entre lo que evalúan los críticos y lo que busca la audiencia.
Con una puntuación que ronda el 30–35% en Rotten Tomatoes, el titular se vende solo: “decepción”, “talento desperdiciado”, “biopic fallida”. Pero más allá del número que se ha convertido casi en sentencia vale la pena preguntarse algo más incómodo:
¿se está juzgando la película por lo que es… o por lo que algunos querían que fuera?
Porque hay un hecho clave que no se puede ignorar: Michael no es una biografía total. Es un recorte. Una historia que, según lo planteado, se detiene en 1988 y se enfoca en la formación artística, la disciplina, el entorno familiar y el ascenso de un fenómeno cultural sin precedentes.
Y ahí es donde comienza el conflicto.
Buena parte de las críticas no parecen girar en torno a fallas estrictamente cinematográficas actuación, ritmo, puesta en escena o ejecución musical, sino a la ausencia de uno de los capítulos más polémicos de su vida: las acusaciones de los años 90. Pero exigir que una película que no llega narrativamente a ese punto lo aborde, es, en términos simples, pedirle que cuente otra historia.
No sería la primera vez que ocurre esta desconexión. Películas como Bohemian Rhapsody o Bob Marley: One Love también fueron recibidas con reservas por la crítica, mientras el público las respaldó de forma contundente. Incluso Elvis mostró una brecha donde la emoción colectiva superó el análisis técnico.
Entonces, la pregunta es inevitable:
¿qué define hoy el valor de una película?
La crítica de cine cumple un rol necesario. Analiza, cuestiona y eleva el estándar. Pero también es cierto que no es una ciencia exacta ni un consenso universal. No existe una fórmula objetiva que determine quién es “experto” ni cuánto debe pesar ese criterio frente a millones de espectadores que conectan desde la emoción, la memoria y la experiencia.
En el caso de Michael, hay otro elemento que parece quedar fuera del análisis: el propósito. No todas las biopics buscan ser juicios definitivos sobre sus protagonistas. Algunas como todo indica que es esta apuestan por capturar el fenómeno artístico, no necesariamente resolver el debate moral.
¿Es válido cuestionar lo que la película omite? Sí.
¿Es suficiente eso para descalificarla por completo? Ahí es donde el debate se vuelve más complejo.
Sobre todo cuando se trata de una figura cuya historia es, sencillamente, demasiado grande para caber en una sola película.
Tal vez el verdadero problema no sea Michael como obra, sino la expectativa de que una sola entrega cargue con todas las respuestas. Y en ese punto, la crítica corre el riesgo de evaluar no una película, sino una deuda narrativa imposible de saldar en dos horas.
Al final, como ha ocurrido tantas veces, será el público quien tenga la última palabra. No solo en calificaciones, sino en algo más tangible: la permanencia, la conversación y la taquilla.
Porque si algo ha demostrado el cine una y otra vez es que la crítica puede orientar…
pero no siempre conecta.
Y cuando no conecta, el juicio deja de ser definitivo para convertirse, simplemente, en una opinión más.