Por: Dr. Miguel Rojas Agosto
En los últimos días, las calles y los espacios públicos de nuestro país han vuelto a vibrar con una energía que trasciende la coyuntura política inmediata. Las manifestaciones ciudadanas y los cacerolazos con episodios tan simbólicos como los congregados en la Plaza de la Bandera no son simples actos aislados de descontento; son el reflejo de un cansancio acumulado que exige ser interpretado con responsabilidad y altura democrática.
Como profesional de la medicina, aprendí temprano que una enfermedad rara vez comienza con un colapso repentino. Antes de que el sistema ceda, el cuerpo emite signos y advertencias claras de que algo no funciona como debería. Las sociedades funcionan bajo la misma lógica. Cuando la ciudadanía alza la voz de manera transversal, minimizar el diagnóstico no es solo un error de cálculo político, es una irresponsabilidad institucional.
Hoy, el malestar se manifiesta en múltiples frentes que convergen en una misma preocupación:
- El alto costo de la vida y el precio de los alimentos básicos.
- El impacto de los combustibles y las cargas impositivas, incluidas las transferencias bancarias.
- La inquietud latente en torno a la preservación y respeto de la libertad de expresión.
No estamos ante el ruido vacío de la confrontación partidaria, sino ante el grito real de una madre que comprueba cómo el dinero no alcanza, de un joven que ve desvanecerse sus oportunidades, de un trabajador cuyo esfuerzo diario pierde valor adquisitivo y de un pequeño comerciante asfixiado por nuevas cargas económicas.
Este escenario tiene como epicentro la Plaza de la Bandera, un espacio que ocupa un lugar sagrado en nuestra memoria democrática reciente. Más allá de las circunstancias particulares de cada época, este monumento representa el derecho legítimo e inalienable de la ciudadanía a expresarse de forma pacífica.
Conviene recordarlo sin ambages: los símbolos patrios no pertenecen a un gobierno de turno ni a una sigla partidaria; le pertenecen por entero al pueblo dominicano. En una democracia genuina, las señales de alerta que emergen de estos escenarios no se reprimen, no se minimizan y tampoco se ridiculizan. Se interpretan, se atienden y se responden con humildad republicana.